Cuando pienso en el mando, no puedo evitar acordarme de la frase del escritor Noel Clarasó: “ejerce autoridad. Que tu presencia suponga siempre autoridad. Para conseguirlo has de tener perfecto dominio de ti mismo”. Las palabras de Clarasó parecen hacer referencia a un mando ideal, a uno que basa su auctoritas en una especie de autocontrol sostenido y permanente. A mi parecer, estas palabras son, si no incorrectas, al menos poco precisas, ya que conforman una imagen artificial y poco humana de lo que es en realidad mandar. Siempre se tiende a hablar del buen “líder”, del que tira de sus subordinados y da ejemplo, y se nos instruye mostrándonos ejemplos de cómo las buenas acciones del mando conducen a grandes hazañas. Sin embargo, al echar un vistazo a nuestro entorno, uno se da cuenta de que nadie parece pararse a pensar qué ocurre si no, es decir, ¿qué pasa si el mando comete un error?
Al igual que no existe el mando perfecto, no existe la reacción idónea ante un error. Siguiendo la línea de “Clarasó”, podríamos establecer un símil basándonos en el auctoritas, es decir, si una correcta ejecución del mando y de la moralidad hace que nuestra presencia ejerza autoridad, también se podrá recuperar esta cuando cometamos un error. Vaya de antemano que no todos los errores son iguales, pero voy a partir de la premisa de que la falta cometida no es demasiado indecorosa.
Bajo mi punto de vista, la reacción del mando ante sus errores debe ser ejemplar y sin dilación. Para paliar la supuesta pérdida de autoridad el mando deberá asumir su error y dar la cara, tanto hacia arriba como hacia abajo, hacia sus subordinados. Pero no solo vale con hacer ver que se ha cometido un error y mostrar voluntad de enmienda, este debe además ser corregido -facta, non verba-, porque el buen subordinado nos lo exigirá -aunque nunca nos lo dirá directamente-. La vergüenza y el miedo a la desautorización no deben existir; la tibieza en nuestra reacción será también muestra de debilidad, indecisión e incluso de ineptitud para el ejercicio del mando en determinadas situaciones.
Por otro lado, el mando en ningún caso se escudará en el victimismo o relajará el trato con sus subordinados como consecuencia de su fallo, ya que esto sería la sacudida final a nuestro auctoritas, lo que nos obligará a ejercer amparándonos en el poder, y puede acabar desembocando en unos subordinados desalentados y una unidad ineficaz, con las consecuencias que esto tendrá en nuestra institución. Además, el mando no pecará de hipócrita si debe corregir en un subordinado la misma falta que él ha cometido anteriormente, siempre y cuando haya asumido y corregido la suya. Y no hace falta irse a grandes batallas para encontrar un ejemplo que justifique esta afirmación: en la Escuela Naval, el brigadier no deja de corregir al aspirante por cometer errores que él cometió cuando estaba en su lugar; e incluso los aspirantes de 2º deben corregir las faltas que cometen los alumnos de primero en las prácticas en la mar o en el campo, a pesar de que ellos las comieran tan solo un año atrás.
En definitiva, el mando es humano y comete errores, pero no por ello es menos merecedor de este título. Es difícil asumir las faltas ante el superior, pero más lo es todavía si cabe ante el subordinado. Es por ello por lo que el líder debe responder a su falta de manera ejemplar y contundente, lo que compensará la pérdida de autoridad que haya podido sufrir e incluso la reforzará, al demostrar a sus subordinados que es coherente con los valores que le impulsan como mando y sobre todo, que no existen dobles varas de medir.

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