El turismo en nuestro país ha sufrido un no despreciable
auge de un tiempo a esta parte, llegando la “invasión guiri” hasta el más
recóndito de los pueblos y poniendo de manifiesto la gran riqueza cultural que
posee España.
Esta explosión se
debe no solo a la calidad de nuestro hogar y lo acogedor de nuestras gentes,
sino también, no nos engañemos, a los peligros del terrorismo en países
norteafricanos como Túnez, la inestabilidad en Turquía o la crisis en Grecia,
que han venido provocando durante los últimos años que el turista opte por
venir a un país soleado y barato como lo es el nuestro.
Y he aquí el
problema, el turismo “low cost”, masificado y en muchas ocasiones “de
borrachera”, es un peligroso polarizador de la población local, pero, sobre todo,
puede causar una necrosis irreversible en el tejido de este pilar económico
esencial. Porque es un hecho que nuestras ciudades se mueren de éxito, y cada
año que uno visita Córdoba o Málaga -por mencionar alguna- se ve
rodeado de masas de zombies que avanzan impávidos, fagocitando paisanos;
pertrechados con móviles, mapas y camisas de flores y dispuestos a hacerse un selfie a
cualquier precio.
Por otro lado, la
llegada del COVID-19 ha hecho estallar este pilar económico por los aires -y de
la noche a la mañana-, como lo hizo la explosión de la burbuja inmobiliaria con
el ladrillo hace poco más de una década. Si apoyas una mesa en un solo pilar, al
más mínimo meneo esta se cae, y nuestro país hace tiempo que parece levitar
sobre las astillas de lo que un día fueron patas.
En definitiva,
debemos buscar un turismo más distinguido, que de verdad quiera venir a
disfrutar de nuestro rico patrimonio cultural -y gastronómico, por supuesto-;
cambiar cantidad por calidad. De lo contrario, nuestra querida tierra terminará
de quedar coja y malherida -sin atisbo de levitación posible-, con su principal
motor económico maltrecho y condenada a una lenta y dolorosa muerte, provocada,
paradójicamente, por el éxito.

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