-Sobre la Europa posmoderna-
Europa llevaba décadas sin alejarse tanto -o al menos de manera tan real- de esa paz con la que soñaba en Yalta y, a simple vista, parece que su voluntad de mantenerla a toda costa tampoco difiere mucho de la tibieza del periodo de entreguerras; con la diferencia de que hemos cambiado papeles con Roosevelt y ahora somos nosotros los que nos dedicamos a mandar armas a fin de evitar decisiones impopulares. Además, hoy se unen las banderas ucranianas en redes sociales y en el marcador de los partidos de fútbol. Porque todos somos muy pacifistas hasta que al vecino le echan abajo la valla del jardín y le entran hasta la cocina; entonces nos acordamos de los uniformes de camuflaje, los destructores y los carros, y recordamos que existen tiranos e hijos de puta con sillones y botones rojos.
Pero esta falta de cultura de defensa
y de seguridad afecta hasta el último estrato, y muestra de que la Europa
posmoderna no se toma en serio este asunto es el haber convertido, de un tiempo
a esta parte, sus Fuerzas Armadas en expositores de la industria europea de
defensa. O así lo demuestran, entre otras, las declaraciones de una diputada
española en las que afirmaba que el F-35B era un producto americano y no servía
para Europa. Meses después, países subdesarrollados y sin ninguna visión
estratégica como Dinamarca, Alemania, Italia o Noruega confirmaban la compra
del caza de 5ª generación. Y Lo verdaderamente preocupante de este hecho es que
esta diputada era una exmilitar, lo que me lleva además a pensar que esta especie
de ceguera estratégica se extiende hasta las propias Fuerzas Armadas, ya sea
por la educación en los propios centros militares de formación o por la
inevitable influencia de la sociedad sobre el Ejército, que al final no deja de
ser una parte más de ésta. Aunque personalmente me inclino más por la segunda
hipótesis.
A cuento de esto, hace unas semanas, una
profesora de inglés -sí, una profesora de inglés- preguntaba en clase a alumnos
de la escala de oficiales si les preocupaba Rusia; a lo que la gran mayoría
respondía negativamente, aduciendo que los ucranianos, con una Armada de cuatro
barcos, habían conseguido hundir un crucero ruso. La docente, sorprendida, les
respondió que ellos tenían algo que nosotros no teníamos: estaban dispuestos a
morir.
Así, a botepronto, a alguno le puede
sonar a patrioterismo soviético, pero se trata de algo mucho más profundo.
Aunque los alumnos, todavía imberbes, parecieron no comprender bien que quería
decir la profesora, esta se refería a que la sociedad, el ciudadano ruso, es
consciente del valor que tiene el sistema que le aporta la calidad de vida de
la que disfruta; o al menos, tiene más cultura de defensa. Quizá sea porque los
rusos todavía se acuerdan de Chechenia o Georgia, mientras que el adolescente
de la Europa Occidental apenas conoce Bosnia e ignora por completo Malvinas.
Todo esto me lleva a la siguiente
pregunta: ¿está Occidente verdaderamente dispuesto a morir por su sociedad, o
dejará que el imperio caiga a manos de los bárbaros otra vez más?
Retomando el tema de la capacidad del
Ejército ruso, es lógico pensar que el adiestramiento se puede conseguir con
sudor y con tiempo, así como el material con dinero y políticos conscientes de
una necesidad; pero qué pasa con el pueblo. Echando un vistazo a nuestro
entorno, uno se da cuenta de que, al menos en mi generación, la preocupación
suele rondar en torno a cuánto queda para el fin de semana y por dónde se va a
salir de fiesta.
Maslow lo explicaba estupendamente en
su pirámide, y tirando de esta podemos explicar este fenómeno: dando por cubiertas
las necesidades fisiológicas -que dan para otro texto entero- , el garantismo
europeo permite una inhibición notable en cuanto a preocupación por la
seguridad se refiere, y no solo sobre temas como el terrorismo, menciona
Argelia o el Sahel y directamente se ríen en tu cara; lo que nos lleva
directamente a las siguientes necesidades en esta jerarquía, que son la
aceptación social y la autoestima, lo que coincide a la perfección con lo
mencionado hasta ahora: unos jóvenes despreocupados y ansiosos porque llegue el
momento de salir a tomar unos cacharros, porque no saben -no sabemos- lo que es
el hambre, la incertidumbre ni la guerra.
Y es que, la última generación europea
que conoció la miseria fue la de nuestros abuelos. Nosotros hemos nacido dando
por hecho que aquello que poseemos, la calidad de vida, el estado de paz en el
que se encuentra nuestro continente, es el modo de ser normal de las cosas.
Aunque, no todo es malo. Aún quedan
jóvenes dispuestos a dedicar una mínima fracción de su tiempo a “culturizarse”
-por definirlo de alguna manera-. El caso es que, aunque existan algunas
excepciones, los intentos de estas personas por interesarse por el mundo que
les rodea acaban con la llegada del tiempo libre; será entonces cuando volverá
a entrar en juego el tercer escalón de la escala de Maslow y lo conseguido
hasta entonces se irá al carajo de nuevo.
Desafortunadamente, esta tendencia es
una realidad y generalizando burdamente parece ser ridículo dedicar tiempo,
voluntariamente, a indagar sobre asuntos de actualidad o incluso sobre la
historia -que nos ayudará a entender la primera-. Lo divino y lo humano
apaleado y ramplonamente relevado por lo de Shakira, Casio y toda esa otra
parafernalia mezquina y vulgar que nos sobrevuela con sagacidad. Porque fue el
coraje y la astucia de la generación de nuestros abuelos la que llevó nuestro
continente a donde está ahora, y será la mediocridad de nuestra generación la
que termine por demoler los cimientos del desdichado y pronto desvencijado
viejo continente.


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