Que la juventud actual, y centro el foco en mi generación, acarrea un conflicto severo con la lectura se trata de un hecho palmario y que salta a la luz con solo oír hablar a cualquiera de estos asnos millennials y posmillennials. Vaya de antemano que cuando digo “oír” quiero decir “leer”, sí, leer su petulante y pueril opinión sobre el paisaje que les rodea en 140 caracteres.
Muchos señalan, erróneamente, al
sistema educativo como el culpable de la papilla de mediocridad que comienza a
entrar ahora en edad laboral. Porque nos enseñan historia, pero repetimos una y
otra vez los mismos errores garrafales; nos enseñan lengua, pero no sabemos
escribir, ni mucho menos leer más allá de “Blue Jeans” y “Geronimo Stilton”
-eso sí, el complemento de régimen lo llevamos al pelo-; nos enseñan física y
matemáticas, pero memorizamos fórmulas en cuadritos fluorescentes y mecanizamos
problemas como amebas que pretenden ser ordenadores. Ah. Y nos enseñan idiomas
pero después “ay lo siento, pero no chamullo ni peñazo de guiri” (me permitirá
don Arturo que haga uso de su expresión). Esto, no se engañen, es solo una
consecuencia, la causa de esta relación evidentemente causal es el propio
español, porque el mayor problema de España reside en los españoles, y tenemos
el sistema que nos merecemos.
Una vez aclarado este detalle,
permítanme que a veces me pregunte que por qué para ser marino de guerra debo
hacer cortos, microcortos, análisis publicitario, morfológico, sintáctico y
hasta útiles comentarios de adecuación, y todo esto para que después un
politicucho de poca monta me diga que si no hubiera ejércitos no habría guerras
o simplemente salve su pellejo a costa de mi carrera. No sé. Ahí lo dejo.
Aunque yo se supone que estaba hablando sobre la lectura.
Sobre eso, me gustaría advertir
de que el lenguaje es lo único que nos distingue de simples y chatos animales,
pero, sobre todo, es un gran indicador del estado de una sociedad. Así que,
honremos a nuestros pacientes progenitores y leamos, al menos así seremos los tropezones
intelectualmente fornidos de la papilla mediocre que mencionaba al inicio.
En definitiva, discúlpenme si se
me ha subido la pólvora al campanario (esta también la patrocina don Arturo),
pero espero haber desatornillado alguna conciencia y haber puesto, sobre todo a
usted, los pelos de punta, porque aunque se ría de lo que digo, algún día verá
que no era tan descabellado. Eso sí, ese día no espere un “se lo dije”, porque
le ofreceré una cerveza y le invitaré a sentarse a ver cómo la maravillosa y a
la vez desgraciada España tropieza otra vez con las mismas piedras. Yo,
mientras, leeré una buena novela, porque los analgésicos son mejor en tapa
dura.
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