La importación de palabras provenientes
del inglés, o como la RAE las denomina, “anglicismos”, es algo más que un
hecho, se trata de una tendencia palmaria que el español del s.XXI ha terminado
por adquirir y que actualmente forma parte de aquello considerado cotidiano.
Este hecho no solo se produce a partir del inglés, sino que también ocurre con
otros idiomas como el francés o el italiano, es por ello que para poder abarcar
el mayor abanico posible de posibilidades me referiré a ellas sistemáticamente
como extranjerismo o neologismos.
El uso de estas palabras responde a la necesidad de expresar ciertas
cosas o conceptos que el castellano no contempla, algo necesario en un mundo
globalizado, y que ayuda a enriquecer nuestra manera de comunicarnos, es decir,
el enriquecimiento del lenguaje como una vía para diferenciarnos de simples y
chatos animales. Pero no nos engañemos, se nos ha ido de las manos y estamos
adquiriendo vocabulario que ya existe en español, es decir, inútil. Y todo
porque ignoramos de una manera palurda y casi crónica nuestro idioma, el castellano,
la lengua de Cervantes, hasta el punto de tener que decir, y disculpen la
expresión, mamarrachadas del calibre de “celebrity”, “trolear”, “random”,
“parking”, “LOL”, “feeling” y un largo etcétera de consecuencias de la necrosis
irreversible que padece la educación en España, pero sobre todo de la falta de
lectura que acarrea la sociedad desde el millennial hasta el boomer. No
sé, quizás me equivoque. A lo mejor solo se usan porque son más “guays”, más
“cool” y al final solo soy un “hater” de este “chat” del mundo real.
Resumiendo, luchen, luchen contra la invasión anglosajona que sufre
nuestro diccionario y trasladen su campo de batalla desde instagram y twitter a
Pérez Galdós, Ruiz Zafón y Pérez-Reverte. Y aunque no lo hagan por amor a nuestra
lengua materna, al menos que sea por vergüenza, y cuando vayan a decir “banner”
en vez de anuncio o “copyright” en vez de derechos de autor, simplemente
piensen qué le parecería a ellos, que han dedicado su vida a las palabras. De
lo contrario seremos testigos de como tan perfecta lengua se marchita y se
esfuma, como un recuerdo casi quimérico de lo que un día fue. Y eso sí que no
me parece “cool”.

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