Que la juventud actual, y centro el foco en mi generación, acarrea un conflicto severo con la lectura se trata de un hecho palmario y que salta a la luz con solo oír hablar a cualquiera de estos asnos millennials y posmillennials. Vaya de antemano que cuando digo “oír” quiero decir “leer”, sí, leer su petulante y pueril opinión sobre el paisaje que les rodea en 140 caracteres. Muchos señalan, erróneamente, al sistema educativo como el culpable de la papilla de mediocridad que comienza a entrar ahora en edad laboral. Porque nos enseñan historia, pero repetimos una y otra vez los mismos errores garrafales; nos enseñan lengua, pero no sabemos escribir, ni mucho menos leer más allá de “Blue Jeans” y “Geronimo Stilton” -eso sí, el complemento de régimen lo llevamos al pelo-; nos enseñan física y matemáticas, pero memorizamos fórmulas en cuadritos fluorescentes y mecanizamos problemas como amebas que pretenden ser ordenadores. Ah. Y nos enseñan idiomas pero d...
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