En un mundo cada día más globalizado e inundado por la tecnología, se nos abre un nuevo y amplio espectro de posibilidades en cuanto a la propagación de los movimientos del cambio se refiere.
Asuntos como la violencia, la pobreza, o incluso el ya omnipresente
cambio climático están cada vez más presentes en nuestra sociedad, y no
precisamente por lo reciente de estos, sino porque gracias a la inmediatez que
nos brinda la red, estos se propagan como el fuego en la santabárbara de un
navío, dicho coloquialmente, a toda leche. Si no me creen, piensen, ¿qué joven
que se precie en el s.XXI no tiene una cuenta en twitter o instagram?
Herramientas como las redes sociales permiten que cualquiera pueda
compartir su opinión, a la vez que empaparse de la de otros seres pensantes, y
no tan pensantes. Y ahí radica precisamente el problema: “un gran poder conlleva
una gran responsabilidad”, pero bajo mi punto de vista, el ser humano no
destaca por la abundancia de esta, y el español es capaz, incluso, de alcanzar
estados de inhibición de la responsabilidad casi total. El resultado es una red
plagada de ignorancia, donde esos movimientos del cambio se propagan más por
volumen de “ganado” que por sus ideas en sí, lo que sumado a lo anónimo de
esta, hace que se convierta en el caldo de cultivo perfecto para populistas,
necios y filósofos de preescolar. Allí, en la intangible y apenas legislada
red, pueden campar a sus anchas, rumiando e incluso rezongando por el prado
virtual, y consiguiendo, en más ocasiones de las que a veces uno puede
soportar, formar un rebaño de borregos.
En el fondo, esto no es más que el reflejo del mayor problema de esta mi
generación: mamar y haber mamado de una educación más enfocada a la mediocridad
que a la excelencia. Pero claro, el problema es de las redes sociales, que
atontan, y de que el sistema oprime. ¡Ah! Y de los chinos, que nos espían y nos
manipulan ¿o no es así?
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