Cuando pienso en el mando, no puedo evitar acordarme de la frase del escritor Noel Clarasó: “ejerce autoridad. Que tu presencia suponga siempre autoridad. Para conseguirlo has de tener perfecto dominio de ti mismo”. Las palabras de Clarasó parecen hacer referencia a un mando ideal, a uno que basa su auctoritas en una especie de autocontrol sostenido y permanente. A mi parecer, estas palabras son, si no incorrectas, al menos poco precisas, ya que conforman una imagen artificial y poco humana de lo que es en realidad mandar. Siempre se tiende a hablar del buen “líder”, del que tira de sus subordinados y da ejemplo, y se nos instruye mostrándonos ejemplos de cómo las buenas acciones del mando conducen a grandes hazañas. Sin embargo, al echar un vistazo a nuestro entorno, uno se da cuenta de que nadie parece pararse a pensar qué ocurre si no, es decir, ¿qué pasa si el mando comete un error? Al igual que no existe el mando perfecto, no existe la reacción idónea ante un error. Siguiendo la l...
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