Desde el inicio de la pandemia -que no pandemia mundial, que, si no redundante, al menos suena fatal- ha pasado ya más de un año, y en todo este tiempo hemos sido avergonzados testigos de la “desescalada”, los llamados “irresponsables” y ahora de la “vacunación”, nótense las comillas.
Mientras escribo esto, hay un lote entero de vacunas de “Janssen” cogiendo polvo en un almacén, causado por seis “trombosos” en siete millones de vacunados; un ejecutivo poco ducho en la gestión sanitaria general, pero experto en el maquillaje y en hacer demagogia -la necedad mejor la dejamos para el epílogo-; y un montón de habitantes de este lugar llamado mundo corriendo, como pollos sin cabeza, a vacunarse o a pasar de su cita. No sé a ustedes, pero a mí la única palabra que se me viene a la cabeza es “vergüenza”. Y mucha.
Aunque no todo el monte es orégano -esta vez en el buen sentido-, y es que ahora nos sabemos de memoria a todos los expertos, científicos, microbiólogos, biólogos a secas y hasta a algún virólogo de esos que salen en el telediario mientras cenamos. Algo bueno nos está dejando la pandemia, y es que el virus este aprieta pero no ahoga -qué majo-; al menos ahora ponemos cara a la gente que de verdad mueve el mundo, a aquellos que se pasan el día dando su tiempo por eso que llamamos humanidad, por evitar que terminemos por convertirnos en una plaga, o peor, en una epidemia -mundial, ahora sí-, pero sobre todo, para hacer de este nuestro planeta un lugar mejor, ya sea con vacunas enteras, a medias o en monodosis. Así que, cuando vean al tal “Enjuanes” en antena, sepan que aún queda un atisbo de luz en el opaco bancal que llevamos capeando más de un año.
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