13 de marzo
de 2020, se declara el estado de alarma en España y se decreta el confinamiento
domiciliario total y la paralización de las actividades económicas no
esenciales. Sí, así empezaría esta historia si la narración fuera in
media res. Pero para ser rigurosos, debemos tomar como el inicio de
esto el mes de diciembre, cuando un régimen tan opaco como lo es China hizo
público que un virus se le había ido de las manos.
No voy a
entrar en teorías de la conspiración ni en absurdas casualidades, el caso es
que ahora vamos con mascarilla y ya está. La irrupción del Covid-19 ha puesto
de manifiesto la incompetencia y la necedad si no de toda nuestra clase
política, de al menos una gran parte de ella. Y esto es como una fruta, cuando
una parte se pone pocha el resto no tarda en caer, y el hongo al que nos
enfrentamos se llama mediocridad. A todo esto se suma la indiferencia de la
sociedad, diría que de la población más joven, pero solo hay que pasar por la
terraza de un bar un viernes para darte cuenta de que la moda de la mascarilla
en el codo es ageneracional, y si es acompañada de un cigarro en la mano mejor
que mejor.
Por otro
lado, me gustaría alertar de cómo se ha denigrado en el s.XXI el concepto de
héroe, según la RAE: persona que lleva a cabo una hazaña extraordinaria que
requiere de valor. Dudo que quedarse en casa cuente como “hazaña
extraordinaria” ni siquiera como “hazaña”. Pero se nos dice que lo somos,
cuando lo único que hemos hecho ha sido quedarnos en el sofá de casa, dos meses
y medio pasándolo fatal delante de una pantalla, soportando el aire
acondicionado y viendo la calle por una ventana. Seguro que las 70 personas que
comparten dos baños y una ducha en el submarino Tramontana o las 200 que llevan
cuatro meses en la fragata Reina Sofía en Somalia piensan lo mismo de nosotros.
La historia nos pondrá en su sitio, creánme.
Al menos
hemos llegado a una conclusión indiscutible, solo capaz de ignorarse por un
buen antifaz de bien sea ignorancia, necedad o una combinación ramplona de
ambas, necesitamos reforzar los tres pilares básicos de toda sociedad:
educación, sanidad y defensa. La una no es posible sin las otras y viceversa, y
simplemente me remito a los hechos: una sanidad coja que se ha visto
desbordada, unas fuerzas armadas que han tenido que salvarnos el culo a cambio
de medallitas y aplausos, pero sobre todo, que una vez que estas han conseguido
estabilizar el desastre, una sociedad con un déficit importante de educación lo
ha vuelto a echar todo por la borda. Todo esto ocurre mientras se sigue buscando
el equilibrio entre salud y economía, nuestros mayores fallecen cada día,
nuestras empresas se arruinan y la esperanza reside en una vacuna desarrollada
de prisa y corriendo y de la que desconocemos sus efectos a largo plazo. La
historia solo les pide una cosa muy simple, ustedes deciden ¿se van a poner la
mascarilla en el codo o en la boca?
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